¿De qué hablamos cuando decimos Trabajo Infantil?

Antonia es una niña de 12 años que como millones de niñas en la región ayuda en su casa. De una manera que ella considera natural, se hace cargo de las tareas domésticas que su familia le ha asignado. Regularmente su día empieza a las 5 de la mañana cuando debe preparar los alimentos para que sus hermanos asistan a la escuela y concluye a las 8 de la noche cuando limpia la cocina. “Antonia no trabaja. Ayuda en casa” dice su familia, aunque no tiene tiempo de asistir a la escuela.

Jaime, a sus 16 años, es uno de los trabajadores más hábiles de la mina de oro que hay en su pueblo. Trabaja en el túnel ocho horas diarias y aunque su trabajo es muy pesado, él está contento ya que al final del mes recibe un salario que le permite ayudar a la economía familiar y le deja dinero para sus gastos. El trabajo además de ser peligroso, no le deja tiempo para ir a la escuela, la cual abandonó hace varios años y a la que no piensa volver. ¿Para qué? Él se considera ya un adulto y en la escuela no gana dinero.

Estas dos situaciones -aunque imaginarias- son el día a día de millones de niños, niñas y adolescentes latinoamericanos víctimas del trabajo infantil. Los Estados y la sociedad civil han generado una diversidad de enfoques, políticas públicas y acciones que han resultado en una disminución importante y sostenida de esta forma de explotación.

A pesar de ello todavía no existe claridad respecto de a qué nos estamos refiriendo cuando decimos trabajo infantil. Los padres de Antonia -y la propia Antonia- creen que “ayuda” en actividades que por otra parte suponen le son inherentes por el hecho de ser mujer. Jaime se considera un adulto, a los 16 años ya no cree que se debe hablar de trabajo infantil.

Pero, ¿acaso todas las actividades que hace un niño, niña o adolescente son trabajo infantil?. Pues no; no todas las actividades que hace un adolescente o inclusive un niño o una niña son necesariamente perjudiciales para su desarrollo. Existen actividades que cuando se realizan en un entorno protegido, bajo la supervisión de adultos responsables, considerando su desarrollo físico y mental, y que no interfieren de ninguna manera con sus derechos a la educación y a la recreación, pueden inclusive ser beneficiosas.

Cuando hablamos de trabajo infantil no hablamos de este tipo de actividades. Podemos estar frente a trabajos formativos e incluso trabajos ancestrales que forman parte del proceso de socialización de los niños, niñas y adolescentes.

¿Qué es entonces el trabajo infantil y porqué debemos erradicarlo? El trabajo infantil es fundamentalmente “Toda actividad, remunerada o no remunerada realizada por personas menores de 18 años de edad, siempre que afecte negativamente su desarrollo físico, mental y moral y/o dificulte el ejercicio de su derecho a la educación porque les obliga a combinar largas jornadas de trabajo y estudio; les dificulta completar sus deberes educativos, o; porque hace que abandonen las aulas”.

Visto así, es evidente que no todas las actividades que hacen los niños, niñas y adolescentes pueden considerarse trabajo infantil, pero algunas de las actividades consideradas como solo una ayuda, son en realidad trabajo infantil.

A fin de facilitar las intervenciones y su erradicación, el trabajo infantil se puede dividir en “trabajo infantil por debajo de la edad mínima de admisión al empleo” y “trabajo infantil peligroso”

El Convenio 138 de la OIT “Sobre la Edad Mínima de Admisión al Empleo” indica que los Estados deberán establecer una política orientada a elevar progresivamente la edad legal para trabajar. En principio establece esta edad en 15 años, por lo tanto, cualquier trabajo realizado por personas por debajo de la edad mínima es considerado trabajo infantil.

El niño, niña o adolescente en esta situación debe ser separado de la actividad e insertarse en la escuela. Adicionalmente el Estado deberá procurarle protección social a él/ella y su familia de manera tal que supere su condición de vulnerabilidad.

En el caso de las personas que han alcanzado o superado la edad mínima de admisión al empleo, éstas pueden trabajar, a condición de que no lo hagan en trabajo peligroso, sea por su naturaleza o por sus condiciones.

El trabajo infantil peligroso por su naturaleza tiene relación con actividades en las que dicho peligro es inherente a ellas, como por ejemplo la minería subterránea, las actividades submarinas o el trabajo en botaderos de basura. Dado que en este tipo de actividades no se puede mejorar las condiciones de trabajo se impone el retiro inmediato de la actividad.

Los trabajos que son peligrosos por sus condiciones tienen que ver en la manera como se ha organizado el proceso productivo o por factores como horarios (el nocturno, por ejemplo) o jornadas extensas que superan lo que dice la ley. En estos casos los adolescentes en edad legal para trabajar pueden realizarlos siempre y cuando se cambie la condición que vuelve peligrosa a la actividad. Se deben tomar medidas y generar condiciones para eliminar el peligro y volverla no peligrosa.

Visto así, Antonia no “ayuda”; Jaime no es un adulto. Ambos son personas víctimas de trabajo infantil con una situación que reclama nuestra atención y nuestra acción.

 

 

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